terça-feira, julho 18, 2006

Die Bitteren Tränen der Petra von Kant

(...)
SIDONIE:
Claro. Entiendo muy bien tu amargura. ¿Fue él quien... pidió el divorcio?

PETRA:
No. Fui yo.

SIDONIE:
¿No fue él? ¡Vos... Dios mío!

PETRA:
Eso te espanta, ¿no es cierto? La pobre Petra, la pobrecita que no quería largar a aquel hombre, la que parecía tan desesperadamente enamorada, casi esclavizada, fue ella la que pidió el divorcio, qué horror, ¿no es cierto?

SIDONIE:
Es que, eso...

PETRA:
No, él no me engañó. Además, para mí, el adulterio no sería una razón para abandonarlo. En lo que a mí respecta la relación era absolutamente sana. Hacíamos, los dos, hincapié absoluto en tener placer, sea con quien fuera. No nos interesaba la fidelidad; quiero decir, la fidelidad forzada. Mentalmente, cada uno de nosotros era indudablemente fiel al otro. No, si la cosa no funcionó fue por otros motivos. Lo cierto es que cuando todo es falso sobrevienen el asco o el odio. Pero todo eso no tenía nada que ver con lo que pasaba alrededor nuestro, con otras personas o... (Marlene entra, sirve el café) Gracias.

SIDONIE:
Para mí también. Gracias.

PETRA:
Ahora volvé a tu dibujo, por favor. Es muy urgente. (Marlene vuelve a dibujar.)

SIDONIE:
¿Podemos...?

PETRA:
¿Marlene? Marlene hace más de tres años que está conmigo. Marlene oye todo, ve todo, sabe todo. No tenés que tomarla en cuenta.

SIDONIE:
Bueno, siguiendo con lo nuestro. ¿Qué fue lo que los hizo volverse dos extraños? ¿Qué fue lo que los hizo enfermarse?

PETRA:
¡Ah, Sidonie!

SIDONIE:
Mirá, Petra, Lester y yo también pasamos por uno de esos períodos en los que se tiene la impresión de que todo ha terminado. Sentí esa sensación de cansancio, hasta de asco. Pero... es necesario ser muy inteligente, vos sabés, muy comprensiva, tener mucha humildad. Como mujeres, nosotras tenemos los medios y hay que saber usarlos.

PETRA:
Yo no quería utilizar ningún medio, sobre todo esos medios que tienen “las mujeres”. Renuncié a todos esos trucos de contorsionista.

SIDONIE:
¿Trucos?, Petra, yo...

PETRA:
Sí, son eso. Trucos de circo. Pequeños lucros por aquí y por allí, si preferís que te lo diga así. Y el resultado que se consigue es la falta de libertad, la obligación. “Humildad”, el simple hecho de escuchar esa palabra me hace...

SIDONIE:
No te rías, Petra, no te rías, por favor. Lester y yo, ahora, somos felices, ¡verdaderamente felices! La humildad terminó rindiendo... lucros. Él cree que me domina, yo dejo que lo crea, pero, en realidad, impongo siempre mi voluntad.

PETRA:
Sabes, Sidonie, entiendo muy bien lo que decís. Puede ser que eso sea muy bueno para Lester y vos. Ese sometimiento, puede ser que sea verdaderamente lo que ustedes necesitan. Pero mirá... Frank y yo queríamos vivir un gran amor. Y para nosotros, un gran amor, significa saber siempre exactamente lo que nos pasa a cada uno. No queríamos ser una pareja cualquiera que se mantiene unida por... buena educación. Lo que queríamos era poder elegir siempre, estar siempre alerta, siempre... libres.

SIDONIE:
Petra, no entiendo por qué complicar lo que puede ser simple. La buena educación, como vos decís, es algo que existe y tiene que ser usada. La persona que está siempre buscando novedades, cuando lo que existe ya ha dado suficientes pruebas de su utilidad, bueno, esa persona...

PETRA:
Nosotros queríamos ser felices juntos. ¿Me entendés?; juntos. No hay ninguna receta para eso que sea infalible. Por lo menos yo no la conozco.

SIDONIE:
¿Y entonces qué pasó para que se tuvieran... asco, si había tanta franqueza, tanta comprensión?

PETRA:
El éxito, por ejemplo. El éxito que yo tuve y que Frank ansiaba y realmente necesitaba. Fue así que todo empezó, así de simple. Sí.

SIDONIE:
Sí. Pero ¡perdonáme! El éxito no es una razón...

PETRA:
¡Hombres! Y su vanidad. Ah, Sidonie. Él quería protegerme, darme todos los gustos. Ah, sí, él me tomaba en serio, respetaba mis puntos de vista; pero a pesar de todo pretendía mantenerme. Es con ese subterfugio con el que la opresión se empieza a hacer sentir. Y de ahí en más, las cosas pasan así: escucho lo que decís y te entiendo, pero el dinero... ¿quién gana el dinero?, ¿quién se mata trabajando? Ah, Sidonie. Al principio me decía: mi amor, lo que vos ganás lo vamos a depositar en una cuenta especial, un ahorro para que algún día compremos una casita o un auto sport, o algo por el estilo. Yo asentía con la cabeza, yo estaba de acuerdo, porque... él era tan delicado, Sidonie, y también porque el amor con el que me envolvía realmente me emocionaba, me... sofocaba de tanta felicidad. Y cuando las cosas empezaron a irle mal, sabés, al principio fue casi cómico ver cómo su ridículo orgullo se sentía herido y, para serte franca, yo hasta sentía un cierto placer, sobre todo porque creía que él se daba cuenta de lo ridículo que era su comportamiento. Él no se había dado cuenta. Y, más adelante, cuando traté de explicarle, de decirle que a mí no me importaba si un hombre está en la cima o no, ya era muy tarde. Cuando se tocaba ese tema era como hablarle a una pared, Sidonie, era como hablarle a la pared. Y entonces, la sinceridad se fue muriendo poco a poco. Creo que me decepcioné mucho por su culpa, por mi culpa, y resolví terminar con todo. Dejé de amarlo. Los últimos seis meses fueron horribles, creéme, ¡horribles! Menos mal que él notó que todo se estaba terminando y así sufrió menos. Pero no lo aceptó, ¡no! Hasta en eso no se portó bien. Él trató de quedarse conmigo, no completamente, no del todo, pero por lo menos en la cama. Eso fue lo que hizo sentir asco. Él trató con técnica, con violencia. Yo lo dejé dominarme. Soporté eso, pero... ¡qué sórdido me pareció ese hombre!

SIDONIE:
¡Petra!

PETRA:
¡Apestaba! Tenía olor a macho. Ese olor que tienen los hombres. Lo que antes me parecía delicioso, me excitaba... ahora me daba ganas de vomitar, de llorar. Y su manera de cogerme...

SIDONIE:
¡No, Petra!, por favor.

PETRA:
Ahora me vas a hacer el favor de escuchar esta historia hasta el final. Él me cogía como un toro a una vaca. Ya no había el menor rastro de afecto, ningún interés por el placer de la hembra. Y los dolores, Sidonie, vos no te imaginás los dolores. Y a veces, a pesar de todo, yo... ¡La vergüenza! ¡Qué vergüenza! ¡Sentía tanta vergüenza! Él... él creía que yo lloraba por amor, por placer. Era un idiota, ¡qué idiota! ¡Qué idiotas que pueden llegar a ser los hombres!

SIDONIE:
¡Mi pobre, pobre Petra! Como has sufrido.

PETRA:
Yo no necesito tu piedad. Él... él necesitó, la mía. Compresión, bondad o piedad, pero fue imposible. Yo no tenía nada para darle. Ya no sentía nada por él. Al contrario, todo iba de mal en peor. Cuando comíamos juntos, su manera de masticar me sonaba como una explosión, cuando tragaba -yo no soportaba más. Su manera de cortar la carne, de comer las verduras, de sostener el cigarrillo, de agarrar el vaso de whisky... Todo eso me parecía tan ridículo, tan... afectado. Sentía vergüenza de él, y por él, porque me parecía que todos lo que lo miraban lo veían como yo. Claro que había histeria atrás de todo eso, una especie de pánico, Sidonie. Ya estaba todo perdido. Terminado. Acabado. Pasado. (Pausa) Siento vergüenza.

SIDONIE:
No tenés por qué. No tenés motivos para avergonzarte. Al final de cuentas vos hiciste lo posible por comprender. Trataste de descubrir lo que pasaba.

PETRA:
Yo creo que el hombre es así, necesita a alguien a su lado, pero... no sabe compartir. (Timbre) ¡Marlene! (Marlene se levanta y sale.)
(...)

Rainer W. Fassbinder

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